El teatro y la peste (2)
El Grand-Saint-Antoine no resultó el portador de la peste a Marsella pues ésta estaba allí desde tiempo atrás y había recrudecido brutalmente, aunque luego se logró aislar los focos.
El Grand-Saint-Antoine transportaba en sus bodegas una cepa original del virus traído desde Oriente. Y con el arribo y propagación por la ciudad comenzó un período singularmente atroz y generalizado del mal.
Esto nos lleva a hacer algunas reflexiones.
Este mal, que puede ser fortalecido por la concurrencia de algún otro virus, está en condiciones, por sí solo, de generar males de similar efecto devastador. De la entera tripulación sólo el capitán no fue afectado y, además, no hay constancia de que hubiesen estado en contacto directo con quienes vivían en barrios aislados. El Grand-Saint-Antoine al pasar ante Cagliari no depositó allí la peste, pero el virrey percibió en sueños algunos de sus efluvios, y no negaremos que entre la peste y él haya habido cierto tipo de comunicación, en extremo sutil pero mensurable, ya que es demasiado sencillo atribuir la difusión de tamaña enfermedad al simple contagio por contacto.
Al saberse poco tiempo después de los estragos que había causado el velero en Marsella, el hecho se registró en los archivos donde hoy podemos hallarlo.
La aparición de la peste en Marsella nos ha permitido disponer de las únicas descripciones del mal denominadas clínicas. Existe en ello una interrogante: si esta descripción es aquella de 1347 que asoló a Florencia e inspiró el Decamerón.
Las crónicas históricas, los distintos libros religiosos, incluida la Biblia y otros añejos tratados de medicina, dan una descripción de las manifestaciones externas de todo tipo de pestes, en las que dedican una menor atención a la sintomatología mórbida que a los efectos portentosos y desmoralizadores que provocaron en el estado anímico de los atacados. Tal vez estaban en lo cierto ya que la medicina se toparía con enormes dificultades para delimitar las diferencias profundas entre el virus que mató a
Pericles en Siracusa (si admitimos que el vocablo “virus” resulte algo más que una sencilla convención verbal) y el que se hace presente en el mal descrito por Hipócrates y que de acuerdo con tratados modernos sería un mal apócrifo. Siempre de acuerdo con éstos, sólo sería tal la peste que asoló Egipto, engendrada en los cementerios que el Nilo deja en descubierto al tornar a su cauce. La Biblia y Herodoto señalan coincidente mente el surgimiento fulminante de la peste que casi aniquiló en una sola noche a los ciento ochenta mil hombres del ejército asirio salvando al imperio egipcio de la catástrofe. De ser cierto, el mal sería el vehículo directo o la manifestasión de una entidad inteligente, estrechamente relacionada con eso que llamamos fatalidad. Y eso sin que asociemos el fenómeno con el ejército de ratas que atacó esa noche a las tropas asirias, corroyendo y volviendo inútiles sus arneses en escaso tiempo. Aquí bien puede hacerse una comparación con la epidemia ocurrida en el 660 a.C. en la ciudad sagrada de Makao, Japón, cuando sucedía un cambio de gobierno.
(continuará…)

yo voolooo “estructura convencional, días sin gloria, alteración del sistema nervioso no más de lo habitual en un tiempo donde la mente vive alterada, sujeto a cambios sin previo aviso, orientación sexual muy juiciosa. Noches en calma, mucho sueño. mucho sueño” [ voolooo en gmail.com ]