En los archivos de la ciudad de Cagliari se halla la narración de un echo insólito que data del siglo XVIII.
Corre abril tal vez principios de mayo de 1720, algo así como veinte días antes de que el velero Grant-Saint-Antoine llegara a Marsella en coincidencia con el más terrible estallido de peste de que hubiera recuerdo en la ciudad. Saint Rémys, virrey de Cerdeña, sensibilizado tal vez por el ocio ante la falta casi de responsabilidades de gobierno, tuvo un sueño pavoroso. Afectado por la acción de la peste era espectador en él de los horrores ocasionados por ella en su pequeño estado.

Desatado el flagelo en toda su potencia, ve desintegrarse las formas sociales que le dan coherencia a su estado. Derrumbado el orden, contempla todos los posibles quebrantamientos de la moral pública, el maremagnum de catástrofes psicológicas. Por si eso no fuera suficiente para su espanto asiste a un proceso en el que oye la furia del interior de su cuerpo sublevado, el desgarramiento de sus órganos, atacados hasta perder su materialidad que se condensa para transformarse finalmente en carbón. ¿Será muy tarde para ahuyentar el azote? Pero aun cuando la peste lo haya deteriorado totalmente sabe que en sueños no cabe morir, que la voluntad continúa vigente más allá de su negación absoluta, en esa rara conversión alquímica de la memoria que permite recrear la verdad.
Al despertar se hallará en condiciones de ahuyentar rumores sobre la peste e impedir la llegada del virus a sus costas.
Un velero que viene desde Beirut, el Gran-Saint-Antoine solicita permiso de desembarco. El virrey da una orden que el pueblo y la corte ven como irresponsable, dictatorial, arbitraria. Envía hacia el navío que supone afectado por la peste la barca del piloto con algunos hombres más portando la orden de que el mismo se aleje a toda vela de la ciudad so pena de ser hundido a cañonazos si no obedece. El virrey no perderá el tiempo en su afán de declarar la guerra al flagelo.
Subrayaremos, al pasar, la específica intensidad de este sueño y su enorme influencia para que, pese a las burlas y la escéptica actitud de sus cortesanos, el virrey se mantuviera inconmovible en la decisión en la que dejaba de lado no sólo el más elemental derecho de gentes sino también todo tipo de convención nacional o internacional, que no parecen tener vigencia frente a una voluntad despótica violentamente impresionada ante la visión de la muerte.
De todas formas el velero prosiguió su ruta, arribó a Liorna y entró en Marsella, donde le fue otorgado el permiso de desembarco.
Las autoridades de dicho puerto no llevaron registro del destino de sus tripulantes, pero se sabe que aquellos que no resultaron aniquilados por el mal fueron a dar a distintas comarcas.
El teatro y la peste (2)>>