Mayo 1, 2009

El teatro y la peste (3)

Archivado en: Antonin Artaud, El Teatro y su Doble — voolooo @ 12:59 pm

La peste que estalló en Florencia en 1502 brindó a Nostradamus la ocasión de aplicar por primera vez sus dones de curación; sucedió en consonancia con varias y profundas conmociones políticas (derrocamiento o muerte de monarcas, desaparición y arrasamiento de provincias, terremotos, fenómenos magnéticos de todo tipo, emigración masiva de judíos) que anteceden o suceden en el orden político o cósmico a catástrofes y males provocados por gente por demás imbécil para anticiparse a sus efectos y sin el grado de perversidad adecuado como para desearlos.

Sean del tipo que sean las equivocaciones de historiadores o médicos respecto de la peste es dable reconocer el concepto de una enfermedad que, siendo una suerte de formación psíquica, no resultara originada en un virus. Si se hace un análisis exhaustivo de los casos de contagio brindados por la historia o las memorias de la época, será dificultoso para nosotros aislar un único ejemplo debidamente comprobado donde el mal se contrae por mero contacto. Bastaría el ejemplo dado por Boccacio, sobre aquellos cerdos muertos al olfatear las sábanas con que se envolvió a varios apestados, para encontrar una arcana afinidad entre este animal y la naturaleza del mal, la que sin duda merece un análisis profundo.

Si bien carecemos del concepto de una entidad mórbida, habría formas que el espíritu podría adoptar de momento como propias de determinados fenómenos, causando la impresión de que puede comportarse de la misma manera que la peste que tuviera las siguientes características:

Tiempo antes de la aparición de algún malestar físico o psíquico muy notorio, el cuerpo se cubre de manchas rojas que el afectado percibe en el momento que comienzan a ennegrecerse. Sin tiempo para sentir miedo, experimenta en la cabeza un calor afiebrado, la siente de enorme peso, y va a dar al suelo. A la par que lo invade una intensa fatiga provocada por la succión de una terrible fuerza magnética; las moléculas fraccionadas y llevadas a una total confusión que lo hace sentir como si enloquecieran, y atropellándose, fueran a perforar sus carnes. Su estómago en rebeldía experimenta la ingrata sensación de que las vísceras saldrán despedidas por la cavidad bucal. Su pulso desciende a ratos hasta ser imperceptible, a ratos se desata como cabalgadura desbocada acompañando a la fiebre cada vez más intensa, el fluir enloquecido de las fuerzas del espíritu. El pulso y los febriles latidos del corazón se intensifican, haciéndose cada vez más fuertes, pesados y provocadores de desánimo. Los ojos se enrojecen, se inflaman desmesuradamente, se vuelven vidriosos a continuación; la lengua jadeante, que cambia su coloración a blanca, después a roja y posteriormente a negra, como si la carbonizara el ataque del fuego. Todo ello anuncia una conmoción orgánica que no tiene antecedentes. Prontamente los humores corporales, sacudidos por tormentas subterráneas, buscan escape. En el centro de las manchas surgen puntos que arden, y alrededor de la piel se forman ampollas semejantes a burbujas de aire, y éstas aparecen bordeadas por círculos, y el círculo exterior, al igual que el anillo de un Saturno incandescente, delimita el extremo de un bubón.

(continuará…)

Abril 29, 2009

El teatro y la peste (2)

Archivado en: Antonin Artaud, El Teatro y su Doble — voolooo @ 9:48 pm

El teatro y la peste (1)>>

El Grand-Saint-Antoine no resultó el portador de la peste a Marsella pues ésta estaba allí desde tiempo atrás y había recrudecido brutalmente, aunque luego se logró aislar los focos.

El Grand-Saint-Antoine transportaba en sus bodegas una cepa original del virus traído desde Oriente. Y con el arribo y propagación por la ciudad comenzó un período singularmente atroz y generalizado del mal.

Esto nos lleva a hacer algunas reflexiones.

Este mal, que puede ser fortalecido por la concurrencia de algún otro virus, está en condiciones, por sí solo, de generar males de similar efecto devastador. De la entera tripulación sólo el capitán no fue afectado y, además, no hay constancia de que hubiesen estado en contacto directo con quienes vivían en barrios aislados. El Grand-Saint-Antoine al pasar ante Cagliari no depositó allí la peste, pero el virrey percibió en sueños algunos de sus efluvios, y no negaremos que entre la peste y él haya habido cierto tipo de comunicación, en extremo sutil pero mensurable, ya que es demasiado sencillo atribuir la difusión de tamaña enfermedad al simple contagio por contacto.

Al saberse poco tiempo después de los estragos que había causado el velero en Marsella, el hecho se registró en los archivos donde hoy podemos hallarlo.

La aparición de la peste en Marsella nos ha permitido disponer de las únicas descripciones del mal denominadas clínicas. Existe en ello una interrogante: si esta descripción es aquella de 1347 que asoló a Florencia e inspiró el Decamerón.

Las crónicas históricas, los distintos libros religiosos, incluida la Biblia y otros añejos tratados de medicina, dan una descripción de las manifestaciones externas de todo tipo de pestes, en las que dedican una menor atención a la sintomatología mórbida que a los efectos portentosos y desmoralizadores que provocaron en el estado anímico de los atacados. Tal vez estaban en lo cierto ya que la medicina se toparía con enormes dificultades para delimitar las diferencias profundas entre el virus que mató a
Pericles en Siracusa (si admitimos que el vocablo “virus” resulte algo más que una sencilla convención verbal) y el que se hace presente en el mal descrito por Hipócrates y que de acuerdo con tratados modernos sería un mal apócrifo. Siempre de acuerdo con éstos, sólo sería tal la peste que asoló Egipto, engendrada en los cementerios que el Nilo deja en descubierto al tornar a su cauce. La Biblia y Herodoto señalan coincidente mente el surgimiento fulminante de la peste que casi aniquiló en una sola noche a los ciento ochenta mil hombres del ejército asirio salvando al imperio egipcio de la catástrofe. De ser cierto, el mal sería el vehículo directo o la manifestasión de una entidad inteligente, estrechamente relacionada con eso que llamamos fatalidad. Y eso sin que asociemos el fenómeno con el ejército de ratas que atacó esa noche a las tropas asirias, corroyendo y volviendo inútiles sus arneses en escaso tiempo. Aquí bien puede hacerse una comparación con la epidemia ocurrida en el 660 a.C. en la ciudad sagrada de Makao, Japón, cuando sucedía un cambio de gobierno.

(continuará…)

Abril 27, 2009

El teatro y la peste (1)

Archivado en: Antonin Artaud, El Teatro y su Doble — voolooo @ 2:29 pm

En los archivos de la ciudad de Cagliari se halla la narración de un echo insólito que data del siglo XVIII.

Corre abril tal vez principios de mayo de 1720, algo así como veinte días antes de que el velero Grant-Saint-Antoine llegara a Marsella en coincidencia con el más terrible estallido de peste de que hubiera recuerdo en la ciudad. Saint Rémys, virrey de Cerdeña, sensibilizado tal vez por el ocio ante la falta casi de responsabilidades de gobierno, tuvo un sueño pavoroso. Afectado por la acción de la peste era espectador en él de los horrores ocasionados por ella en su pequeño estado.

cardenensesusancubrebocas

Desatado el flagelo en toda su potencia, ve desintegrarse las formas sociales que le dan coherencia a su estado. Derrumbado el orden, contempla todos los posibles quebrantamientos de la moral pública, el maremagnum de catástrofes psicológicas. Por si eso no fuera suficiente para su espanto asiste a un proceso en el que oye la furia del interior de su cuerpo sublevado, el desgarramiento de sus órganos, atacados hasta perder su materialidad que se condensa para transformarse finalmente en carbón. ¿Será muy tarde para ahuyentar el azote? Pero aun cuando la peste lo haya deteriorado totalmente sabe que en sueños no cabe morir, que la voluntad continúa vigente más allá de su negación absoluta, en esa rara conversión alquímica de la memoria que permite recrear la verdad.

Al despertar se hallará en condiciones de ahuyentar rumores sobre la peste e impedir la llegada del virus a sus costas.

Un velero que viene desde Beirut, el Gran-Saint-Antoine solicita permiso de desembarco. El virrey da una orden que el pueblo y la corte ven como irresponsable, dictatorial, arbitraria. Envía hacia el navío que supone afectado por la peste la barca del piloto con algunos hombres más portando la orden de que el mismo se aleje a toda vela de la ciudad so pena de ser hundido a cañonazos si no obedece. El virrey no perderá el tiempo en su afán de declarar la guerra al flagelo.

Subrayaremos, al pasar, la específica intensidad de este sueño y su enorme influencia para que, pese a las burlas y la escéptica actitud de sus cortesanos, el virrey se mantuviera inconmovible en la decisión en la que dejaba de lado no sólo el más elemental derecho de gentes sino también todo tipo de convención nacional o internacional, que no parecen tener vigencia frente a una voluntad despótica violentamente impresionada ante la visión de la muerte.

De todas formas el velero prosiguió su ruta, arribó a Liorna y entró en Marsella, donde le fue otorgado el permiso de desembarco.

Las autoridades de dicho puerto no llevaron registro del destino de sus tripulantes, pero se sabe que aquellos que no resultaron aniquilados por el mal fueron a dar a distintas comarcas.

El teatro y la peste (2)>>

yo voolooo “estructura convencional, días sin gloria, alteración del sistema nervioso no más de lo habitual en un tiempo donde la mente vive alterada, sujeto a cambios sin previo aviso, orientación sexual muy juiciosa. Noches en calma, mucho sueño. mucho sueño” [ voolooo en gmail.com ]
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